[Muestra de apoyo] Manuel de Lucas

Esta mañana, al entrar al salón después de ducharme, mi niño Samuel me ha saludado: “¡Mira, papá!”, me ha dicho, mientras me miraba sonriente con una careta de Albert Einstein.
Ese pequeño gesto, esa sonrisa ha producido un enlace neuronal en mi cerebro que me ha llevado a pensar en la palabra relatividad. Todo en esta vida es relativo. Hay que relativizar…
Puede ser relativa la opinión de una persona sobre si manifestarse pacíficamente es un derecho o una imprudencia. Puede ser relativa la opinión de una persona sobre si una convocatoria de acción de desobediencia civil es pacífica o no, si es idónea o no, si es inclusiva o no.
Puede ser relativa la opinión que cada uno se forje de lo que pasa ahí fuera, probablemente en directa correspondencia de lo cerca que estés de ahí fuera.
Puede ser relativo que parezcas manifestante o trabajador volviendo a casa, y que en función de esta apariencia te empiecen a apalear o no mientras usas el transporte público.
Puede ser relativamente aceptada la idea de que existen policías infiltrados entre los manifestantes pacíficos, cuya misión es instalar el miedo en el corazón de las personas. Es difícil creer algo que choca tan frontalmente contra todo lo que esta persona que suscribe entiende como el bien común.
Puedes relativizar tus prioridades en la vida. No, realmente quiero decir que debes hacerlo. Y no olvidar nunca que, por muy comprometido que estés con una causa que crees la más justa del mundo, lo más importante en tu vida es ese niño que te sonríe con una máscara de Einstein, y su hermano, y su madre. Y sus abuelos y sus tías. Y sus amigos. Y toda la gente que te quiere.
… Y, aunque no tengas miedo (porque no olvidemos que la felicidad es no tener miedo), tienes cabeza. Y sabes que no puedes permitir quedarte parapléjico. Qué cojones. No quieres quedarte parapléjico. Solamente quieres hacer todo lo posible por ser feliz…
Porque hay cosas que no son relativas. Como estas imágenes de lo que pasó ayer que os recomiendo no perderos (“una imagen vale más que mil palabras”). O como que yo ayer no fui feliz, porque pasé miedo.
Os voy a contar mi experiencia de ayer. He ido a varias manifestaciones en mi vida. Pero nunca había sentido lo que ayer. Acudí con mis hermanas (@Evuchi82, @RociDelu y @nanini86), y con mi amigo tuitero @Scooterb0y, y no pude coincidir con otros dos amigos con los que pensaba estar (@JaviDiplo y @spokstad) por incompatibilidades espaciotemporales.
El caso es que allí estábamos, en la plaza de Neptuno, rodeados de personas, en su mayoría totalmente pacíficas, aunque se distinguían individuos embozados cuyas malas intenciones estaban claras. Os dejo aquí una perspectiva de lo que yo podía ver. Como veis, nada más que gente.
El amigo @Scooterb0y se había ido ya a buscar a @spokstad. Con lo que las únicas personas conocidas para mí eran mis tres hermanas (tres buenas chicas, no porque yo lo diga, y nada sospechosas de ser violentas). En el ambiente se percibía que la historia no era la de otras veces, que la cosa iba a terminar mal… Pero, en aras de la ausencia de relatividad, me voy a limitar a narrar lo que vivimos en primera persona, de forma objetiva.
La manifestación fue, en el entorno que abarcaba mi vista, principalmente pacífica. De vez en cuando a decenas de metros, se veía cómo alguna lata de cerveza sobrevolaba las cabezas de los manifestantes. En esos momentos cientos de personas comenzaban a gritar automáticamente “No a la violencia”, “Fuera fascistas”, “No tiréis cosas” y otros gritos parecidos. También se produjeron intentos de sentadas, para mostrar la “No violencia”, sentadas que se deshacían rápidamente por lo que creíamos amagos de la policía.
Al rato empezaron las cargas. Recomponiendo los hechos, por mi situación, la hora y los vídeos difundidos por medios de comunicación y redes sociales, creo que la nuestra fue la originada por el tristemente famoso vídeo de los encapuchados con escudos. El caso es que de repente los cientos de personas que tenía delante comenzaron a levantar sus manos al cielo, mostrando las palmas y gritando “ÉSTAS SON NUESTRAS ARMAS”… Hasta que empezaron a correr hacia atrás. Entre la policía y nosotros había por lo menos quince filas de personas, que nos adelantaron en los menos de cinco segundos que yo tardé en recoger a mi hermana @RociDelu del suelo (había tropezado al intentar moverse hacia atrás). Cuando conseguí levantarla, giré la cabeza y vi cómo un antidisturbio la emprendía a golpes, justo detrás de mi espalda, contra el ciudadano que tenía a mi lado… Salimos corriendo los cuatro hermanos y conseguimos evitar los golpes, gracias a Dios.
Separados decenas de metros de la plaza, ya más calmados, nos quedamos media hora más, en la que comprobamos cómo la policía estaba perfectamente organizada para disolver la manifestación, al precio que fuese.
Hoy estoy más tranquilo, y tengo la experiencia aposentada. Mi aprendizaje de ayer fue más bien una constatación de una evidencia que mi mente ciudadana se negaba a admitir: la policía al servicio de los malos. Porque os recuerdo que los malos están más arriba, tienen nombre y apellidos, y nunca van a las guerras, sino que las generan, nos colocan a los demás en ellas, nos miran desde la altura y se descojonan.
Pues si quieren guerra la van a tener. No tenemos miedo, y seguimos en guerra: ya hace casi un año que me pinté la cara.
Acabo como empecé, hablando de Einstein. O mejor dicho, citándole:
 
PD.- Si has sido capaz de llegar hasta aquí, y necesitas seguir informándote de lo que pasó ayer #25S, te recomiendo que pinches en los enlaces que he ido dejando en el artículo. Es muy posible que estas cosas no las encuentres en los medios de comunicación que estamos acostumbrados a consumir.
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